¿Mi mecanismo empresarial funciona o no funciona?
He llegado a una conclusión incómoda que muchos empresarios evitan mirar a los ojos: creer que porque nuestra cuenta bancaria tiene números negros, nuestro negocio funciona, es una mentira piadosa. Es una ilusión óptica que he visto destruir más libertad que cualquier crisis económica.
Cuando me preguntan: "¿Mi mecanismo funciona?", yo no miro primero su hoja de balance. Eso es superficial. Yo aplico lo que llamo la Prueba de la Coherencia Sistémica. Porque un mecanismo puede estar generando dinero hoy, mientras silenciosamente se devora nuestro futuro.
Lo que he observado es un fenómeno que bautizo como la "Escalabilidad del Sufrimiento". Si para que mi empresa crezca el doble, yo tengo que sufrir el doble, trabajar el doble o clonarme, entonces mi mecanismo no sirve. Está roto. No he construido una empresa; he construido una jaula dorada de la que tengo la llave, pero no me atrevo a salir.
La pregunta que me hago frente al espejo es brutalmente simple: ¿Soy el motor o soy el arquitecto?
Si mi negocio depende de mi pulso diario para respirar, no tengo un sistema, tengo un autoempleo glorificado con esteroides. Un mecanismo sano tiene su propio sistema inmunológico: detecta errores y los corrige sin que yo tenga que intervenir quirúrgicamente cada martes por la mañana.
Para mí, el éxito no es solo la rentabilidad; es la libertad de diseño. Mi mecanismo funciona solo si digiere la complejidad del mercado y me devuelve libertad para innovar, para vivir, para trascender. Si el negocio financia mi vida, ganamos. Si mi vida es el combustible que se quema para mantener encendido el negocio, hemos perdido el juego.
La meta final es clara: dejar de empujar la roca y empezar a diseñar la montaña.