¿Es un currículum el reflejo de una vida o la sombra de una pretensión?
En el mundo organizacional, nos hemos acostumbrado a tratar este trozo de papel —o este archivo digital que se pierde en la nube— como si fuese la cartografía exacta de un ser humano. ¡Qué ingenuidad! Es sorprendente ver cómo directivos y reclutadores basan sus decisiones en una hoja que, por definición, está diseñada para la omisión. El currículum no es una "hoja de vida"; en la mayoría de los casos, es una mortaja técnica donde enterramos nuestras verdaderas capacidades bajo una lista estéril de puestos y fechas.
Este fenómeno de la simulación laboral ha sido diseccionado por quienes supieron ver la trampa antes que nosotros.
Para Erving Goffman, lo que tenemos frente a nosotros es un libreto de "representación". El candidato no nos entrega su historia; nos entrega un personaje construido meticulosamente para encajar en el escenario que nosotros mismos, con nuestras vacantes mal diseñadas, hemos montado. Es un teatro de sombras donde el "Yo" se convierte en un objeto que debe parecer —más que ser— funcional.
Por otro lado, Byung-Chul Han nos recordaría que ese documento es el inventario de nuestra propia autoexplotación. Nos jactamos de los "logros" y la "disponibilidad total" como si fuesen medallas de honor, sin advertir que estamos entregando nuestra propia psique al altar de un rendimiento que no conoce el descanso. El currículum es el grito de un individuo que dice: "¡Mírame, soy útil para ser consumido!".
Pero la realidad es mucho más compleja y, como diría Sartre, la mirada del otro —en este caso, la del reclutador— corre el riesgo de drenar la esencia del candidato. Si solo vemos el papel, transformamos a una persona con miedos, talentos ocultos y una resiliencia forjada en crisis personales, en un simple "recurso". Pasamos de tener a un individuo a tener un "perfil".
En Eudaimonia, nos negamos a aceptar la sentencia inicial de una tipografía elegante. Creemos firmemente que la capacidad de un colaborador es un "depende" absoluto.
No es lo mismo un hueco en el historial por falta de iniciativa, que un vacío de dos años por haber cuidado a un padre enfermo o por haber fracasado en un emprendimiento propio. Lo segundo dota a la persona de una estructura emocional y un pensamiento crítico que no se aprende en ninguna maestría. El problema es que el sistema actual no tiene ojos para ver lo que no está escrito.
Intervenir en el reclutamiento no es leer mejor los papeles; es aprender a mirar a través de ellos. Es pasar de la imagen técnica en 2D a la volumetría de la realidad humana. Si su empresa sigue contratando currículums en lugar de personas, está condenada a repetir los mismos errores con diferentes personajes.
La lucidez no se encuentra en el archivo, sino en el método de quien lo analiza. ¡Búscanos!